Me faltaba todavía un trecho del recorrido para llegar al periódico y el carro comenzaba a fallar. La aguja de la temperatura subía, el volante temblaba. El viejo Ford Fairlane 500 de mi padre, con el techo de vinil desconchado, la tapicería levantada de tanto sol, era una auténtica cafetera ambulante. Era domingo, lo recuerdo. Tenía guardia. No conseguí bombas abiertas. Como pude, llegué a la avenida Urdaneta a 20 kilómetros por hora. Ni siquiera conseguí entrar al estacionamiento. Me paré en la calle, casi en la puerta de El Universal. La trompa del carro era un dragón humeante. Seguir leyendo