Claudio FermínEra un domingo de guardia. Solo dos personas: Luciana, la reportera, una veterana de mil batallas que escribía como los dioses del Olimpo, y yo. Había sido difícil obtener información buena durante la jornada. Prácticamente habíamos escrito los dos unos “notones” (artículos extensos). Y todavía nos quedaba espacio por cubrir. Se acercaba la hora de entregar páginas. Estábamos cansados y queríamos irnos ya a la casa. Seguir leyendo