Nos llaman aparte a Milagros y a mí. Caras serias, cierta inquietud. Vamos a salón de reuniones. Un periódico en la mano. Frases encerradas en círculos, anotaciones en los bordes. No saben de dónde salió esa información, quién la autorizó, cómo es posible que haya salido. Los ojos buscan responsables, las miradas se cruzan. Hay dudas flotando en el aire. Un súper jefe lanza una pregunta-dardo: “¿Será que tenemos un infiltrado?”

Era época electoral y los ánimos estaban enardecidos. Chávez punteaba en todas las encuestas y parecía que no había forma de detenerlo. En una columna de breves salió un “taquito” incómodo. No recuerdo exactamente su contenido, pero evidentemente era un dato favorable al entonces candidato del MVR. El reclamo, al parecer, venía de “más arriba”.

– ¿Cómo que un infiltrado? — pregunta Milagros.

El jefazo titubea, se enreda explicando. Va hacia ningún sitio. Retira lo dicho.

– Lo que hay que tener es más cuidado con lo que se publica — tercia otro y se levanta la reunión.

Al salir, le digo aparte a Milagros.

– Yo sé quién es el infiltrado…

– ¿Y quién es? — pregunta, pero ya sabe que saldré con alguna broma, aunque el tema no es para tomárselo a risa.

– Remberto Baptista…

Milagros se desternilla de la risa. Era el redactor más callado, respetuoso, serio y amable de aquel equipo, incapaz de levantar la más mínima sospecha, delgado, de buenos modales y hablar pausado, siempre impacable y ordenado.

Años más tarde, en El Nacional, ocurrió un episodio más o menos parecido.

Terminaba de desayunar un sábado por la mañana, antes de irme a la guardia cuando recibo una llamada a mi teléfono celular. La pantalla indica que es MHO.

– Hola Antonio, ¿me puedes explicar quién coño escribió la nota de Peña? — es su primera frase de buenos días.

Era una noticia sobre el entonces alcalde metropolitano de Caracas, compadre del director del periódico. Ya en esa fecha se había separado del chavismo y era un acérrimo crítico. Al final del texto había una extraña declaración atribuida a Peña en la que ensalzaba a la “revolución”.

– Lara Winkelman –, respondo.

– ¡Coño, pero qué cagada puso! Peña está arrechísimo, sale diciendo unas cosas que él no declaró — dice exaltado al otro lado de la línea.

– Déjame averiguar bien. No creo que Lara haya puesto en boca de nadie una declaración que no haya dado.

La tarde-noche del viernes anterior había tenido un cierre de páginas muy fuerte. Estaba yo solo al frente de la sección con todo lo que ello implica para un jefe: asignar espacios, diseñar las páginas (4 de política y 2 de sucesos), leer los textos, mandarlos a edición, buscar las imágenes, pasar las páginas, corregir las pruebas… todo muy estresante y agotador.

Recuerdo que estaba leyendo dos pruebas y un editor se me acercó a ofrecerme ayuda con la página donde estaba el texto de Lara.

– Le sobra texto, Antonio — me decía preocupado.

– Chamo, ando como loco. Échame una manito y corta esa vaina hasta que cuadre.

Y el hombre lo hizo. Mal.

Me di cuenta al día siguiente, con aquella conversación telefónica. Entre el apuro, sin ninguna intención política aviesa, el hombre que me intentó ayudar en un momento de apremio periodístico había eliminado algunos parrafos al final del texto y juntó una declaración de Peña con otra de Freddy Bernal. ¡Un arroz con mango! Por eso salía en boca de uno lo que había dicho el otro.

Lara me pidió el nombre del editor cien veces, también MHO. Hasta el sol de hoy. Nunca se lo dí. Un error le pasa a cualquiera. Son “duendes de taller”.

 

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