Me faltaba todavía un trecho del recorrido para llegar al periódico y el carro comenzaba a fallar. La aguja de la temperatura subía, el volante temblaba. El viejo Ford Fairlane 500 de mi padre, con el techo de vinil desconchado, la tapicería levantada de tanto sol, era una auténtica cafetera ambulante. Era domingo, lo recuerdo. Tenía guardia. No conseguí bombas abiertas. Como pude, llegué a la avenida Urdaneta a 20 kilómetros por hora. Ni siquiera conseguí entrar al estacionamiento. Me paré en la calle, casi en la puerta de El Universal. La trompa del carro era un dragón humeante.

Me puse delante del automóvil, levanté el capó. Tenía un trapo viejo en la mano. Mi intención era cerrar más la tapa del radiador, que estaba por estallar. Justo en el momento que iba a hacerlo, salió disparada con un chorro de agua caliente como un geiser, que me cayó desde la mano hasta el codo, por la parte interna del antebrazo derecho.

– ¡¡¡Coooo %$@#∫ter¢Ñ¨….. aaaaadreee!!!

¡Qué dolor!

Subí corriendo a la redacción y me metí en el baño a echarme agua fría. Todo el antebrazo lo tenía enrojecido. Salí y fui hasta el puesto de la jefa, ‘Lucía Gorrín’. Le mostré el “accidente”.

– Vete ya para el hospital Vargas. Tienen la mejor unidad de quemados de Caracas — me recomendó.

– ¿Y la guardia?

– No, no te preocupes por eso, yo resuelvo. Tampoco hay mucho espacio. Vete ya a que te curen.

Bueno, en el Vargas no había ni médico. Una enfermera me echó una pomada amarillenta que me escocía más que aliviaba. El conductor del periódico, que me había llevado, me regresó al periódico porque tenía una pauta que le habían avisado por la radio.

Subí a la redacción. ‘Lucía’, entre sorprendida y molesta, me reclamó:

– ¡Pero qué carajo haces aquí de nuevo! ¿Ya fuiste al Vargas?

Le expliqué lo ocurrido y me obligó a irme inmediatamente a una clínica y a mi casa.

Al salir, me crucé con el entonces defensor de los derechos humanos Tarek William Saab, que venía a poner una denuncia. En la mano llevaba un sobre con notas de prensa escritas por él mismo.

– Oye, no puedo atenderte porque me acabo de quemar y voy a una clínica ahora mismo — me excusé.

– ¿Y no puedes llevarme un momento a la redacción y ponerme con algún periodista que me tome la declaración? — insistió el hombre, sin reparar en que yo estaba herido y urgido.

Subimos rápido por la escalera. Entré a la redacción y ‘Lucía’ me vio de nuevo:

– ¡Tú otra vez! ¿Y tú (dirigiéndose a Tarek) no ves que no te puede atender?

Terminé en la clínica Vista Alegre dos horas después de haberme “sancochado” el brazo. El médico de turno me dijo que era una quemadura de segundo grado y le indicó a una enfermera que me retirara el “pegoste” amarillo que me habían puesto. Era un medicamento descontinuado hacía años.

Perdí toda la piel. El tratamiento duró cerca de un mes y medio. La primera semana tuve el brazo vendado. No me quedó marca alguna gracias a una crema de tortuga, súper analgésica y potente, que me recetó una doctora.

3 thoughts on “Una quemada y dos regaños

  1. Siempre recordaré la sesión de fotos que le hicieron a Tarek en la plaza O´Leary, con las “toninas” de fondo, para la revista Primicia. El tipo nació con el ridículo subido

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