Nos llaman aparte a Milagros y a mí. Caras serias, cierta inquietud. Vamos a salón de reuniones. Un periódico en la mano. Frases encerradas en círculos, anotaciones en los bordes. No saben de dónde salió esa información, quién la autorizó, cómo es posible que haya salido. Los ojos buscan responsables, las miradas se cruzan. Hay dudas flotando en el aire. Un súper jefe lanza una pregunta-dardo: “¿Será que tenemos un infiltrado?” Seguir leyendo

Me faltaba todavía un trecho del recorrido para llegar al periódico y el carro comenzaba a fallar. La aguja de la temperatura subía, el volante temblaba. El viejo Ford Fairlane 500 de mi padre, con el techo de vinil desconchado, la tapicería levantada de tanto sol, era una auténtica cafetera ambulante. Era domingo, lo recuerdo. Tenía guardia. No conseguí bombas abiertas. Como pude, llegué a la avenida Urdaneta a 20 kilómetros por hora. Ni siquiera conseguí entrar al estacionamiento. Me paré en la calle, casi en la puerta de El Universal. La trompa del carro era un dragón humeante. Seguir leyendo