dragonesEs un asunto relacionado con la proxemia, esa distancia intangible entre una persona y otra, que marca el terreno del respeto o lo invasivo. A veces, dependiendo del interlocutor y de la circunstancia, se rompe la línea fronteriza y causa una cierta incomodidad. Uno se separa un poco, con alguna discreción, y el otro se vuelve a acercar. Uno echa la cabeza hacia atrás, pero el entrevistado insiste en romper la frontera, como si le hiciera falta alguna cercanía íntima.

Un exembajador de Venezuela en El Vaticano, Ignacio Quintana, erudito, profundo conocedor de la historia de la Iglesia católica y al mismo tiempo bastante histriónico y escandaloso, ofreció unas declaraciones en el Capitolio Federal y al verse rodeado de micrófonos, cámaras y reporteros, exigía a grito en cuello, moviendo los brazos en redondo hacia adelante y los lados:

– ¡Abran espacio, abran espacio, necesito espacio!

Alguien cuya proxemia se medía en metros.

Pero es un caso aislado. Lo común es que en el enjambre reporteril, sobre todo los amigos camarógrafos, te empujen “amablemente” hacia el declarante. Los espacios íntimos se rompen inevitablemente. Igual, siempre que fuese posible, me salía de la “órbita” y prefería tomar notas como un satélite. Total, no necesitaba imágenes ni salir en vivo. Y cualquier cosa, podía acercarme luego a terminar de preguntar.

A veces ni la más respetable proxemia impide la inatacable presencia de declarantes de marcada halitosis o aliento característico, en el mejor de los casos.

En Cuba nada menos que Fidel Castro, en una reunión informal con periodistas que cubríamos la primera visita oficial de Chávez a la isla, propagaba una onda expansiva matutina que había que soportar estoico y con respiración entrecortada ante la oportunidad periodística única de tener al comandante delante de los micrófonos.

En casos más locales me sucedió un vez con un exgobernador opositor, en su propio despacho, del que salí verde y medio mareado. Y años más tarde con un ministro del gabinete de Caldera que solía declarar rompiendo toda proxemia. Era de los que se pegaba y se pegaba.

Otra vez tomé declaración a un diputado que expelía un aroma a etanol añejo, de ese que deja una resaca fuerte del día siguiente que no se quita con nada (solo fue una oportunidad, aclaro).

Dragones que escupían y no precisamente fuego.

 

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