rayoEl argot del periodismo en Venezuela, no solo es variopinto, sino curiosísimo. Un ‘rayo’ es una tarea de última hora, una pauta imprevista o la prolongación de algo que se suponía más breve, que obliga a quedarse en el sitio donde está la fuente de la información, o a plantarse un buen rato en la propia redacción hasta conseguir la noticia.

Reportero que se precie se ha calado su buen ‘rayo’ y hasta más de uno.

Desde luego, los ‘rayos’ son fastidiosos y más aún si al final resulta ‘calichoso’ (una información de poca monta o cuyo interés de desinfla).

Un sábado de guardia salió mi número y tuve que plantarme en Miraflores unas cuantas horas. Tenía previsto almorzar en casa de mi madre y la llamé para avisarle que no podía:

– ¿Y eso por qué hijo?

– No, es que me cayó un ‘rayo’.

– ¿Quéeee, un rayo?

Tuve que explicarle el término.

Pero mucho peor fue otro día. Ya iba de salida luego de una larguísima jornada. El Universal estaba de reformas y la redacción funcionaba provisionalmente en un espacio del piso 4 en el mismo edificio. Había mucha presión con los cambios editoriales que implementaba con determinación el director de aquel entonces, Juan Füller. Todo se hacía con intensidad, pisando el umbral del paroxismo periodístico.

Tomé mi paltó y ya salía cuando se me cruzó Füller.

– ¿Eh, a dónde vas? Espera — me detuvo.

– Bueno, ya terminé, estoy por salir — respondí.

– No, espera media hora más. Que tengo una grabación de una entrevista importante para que la proceses y escribas.

– ¿Yo? ¿Y no puede el equipo nocturno hacer eso?

– Tú mismo. Debe salir en Nacional y Política y eres el coordinador, ¿no? Los nocturnos están en otras pautas. Toma, aquí está la grabación. Dale, lo tienes listo en media hora.

O sea, me había caído el propio ‘rayo’ ajeno, una entrevista que ni siquiera hice yo, a alguien que ni conocía (era con Pedro J. Ramírez, el director de El Mundo, de España, que estaba en Venezuela por esos días). Solo la grabación copaba 30 minutos, de modo que la entrevista la escribí en poco más de una hora, entre desgrabar, procesar y entender aquella conversación.

Al final, se la entregué a Füller, que empinándose un trago de whisky hizo una lectura rápida y apenas corrigió dos o tres detalles.

– ¿Y por qué no la firmas?

– Yo no firmo ‘rayo’ ajeno.

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