YanomamisEl asunto fue en el estado Bolívar, justo en la zona fronteriza entre Venezuela y Brasil, en unas poblaciones indígenas (de etnia yanomami, la mayoría) que casi no aparecen en el mapa, donde se habían programado unas jornadas binacionales de atención médico-social. Me había invitado la Comisión de Fronteras de la Cancillería.

El Universal me asignó al fotógrafo pelón ‘Alexis Van Basten’, un gran profesional con quien ya me había tocado trabajar en algunas pautas.

En La Carlota nos congregamos funcionarios diplomáticos (de segundo y tercer nivel, ni siquiera vino el viceministro), oficiales y suboficiales del Ejército y periodistas (solo nosotros por prensa privada).

Nos desplazamos al sitio en unos incómodos aviones militares que parecían unas latas con alas, hacían mucho ruido y volaban bajo.

Al cabo de una hora y tanto de vuelo aterrizamos en una pista de tierra. No recibió una comisión en la que había un cacique o capitán y funcionarios del gobierno brasileño.

Nos llevaron al lugar. Era una reserva del lado brasileño, muy bien acondicionada, con caminerías de madera, chozas con techo de zinc, baños, sistema de aguas tratadas, escuela, comedor central, talleres.

Me sorprendió oír a los indígenas hablando más portugués que yanomami o sus lenguas nativas.

A mediodía sirvieron el almuerzo: frango (pollo), feixoada (alubias rojas), y ensalada de aguacate.

Cerca de las 4:00 aterrizó uno solo de los dos aviones que habían trasladado a la misión. El otro presentaba algún desperfecto y no pudo venir. De modo que debíamos regresarnos en un solo aparato.

El jefe de la misión se me acercó:

– Oye, lo siento, pero solo puede regresar uno de ustedes. El otro debe pernoctar acá y mañana, con toda seguridad, lo regresamos a Caracas — me notificó el funcionario diplomático.

Le di la ‘noticia’ a ‘Van Basten’. Como era de esperarse, no le cayó nada bien.

– Bueno, me voy yo, panita, que tengo las fotos — largó su argumento.

– ¿Ah sí? ¿Y vamos a publicar solo las fotos? Yo tengo la historia — devolví.

Terminamos a cara o cruz. Yo gané. Me pidió que llamara a su mujer para que se tranquilizara.

Luego presencié un espectáculo muy pintoresco de funcionarios gritándose y forcejeando a ver quién se montaba en el avión.

El piloto apuró la salida porque había “techo muy bajo”, es decir, nubes que cubrían todo el cielo a muy baja altura y le hacía más difícil el vuelo.

Al día siguiente, cerca de mediodía llegó Alexis, demacrado y cansado.

– ¿Cómo te fue?

– No chamo, esos indios se acuestan rápido. A las 8:00 pm estaban todos enchichorrados. El culillo fue por los murciélagos. Eran muchos y muy grandes, volaban muy bajo y se metían en las chozas.

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