alonso moleiroCreo que le daba un poco de vergüenza, pero así sería el malestar que se acercó a mi puesto y, casi en un susurro, me dijo:

– Chamo, me siento un poco mal. Creo que tengo fiebre y todo. ¿Tú crees que me puedo ir ya?

Ciertamente Alonso lucía un poco pálido y no tenía buen semblante aquel sábado soporífero de guardia que nos tocó trabajar a ambos, y de la que yo estaba a cargo.

Pero ya conocía su fama de creerse enfermo de cualquier vaina, muy bien descrita por él mismo en un extraordinario artículo publicado hace pocos días en Pro Davinci: Memorias de un hipocondríaco.

Esta vez lo tomé en serio y, por supueso, lo dejé librar.

El lunes siguiente recibí su llamada. Seguía en cama, con fiebre y malestar general. Se tomó el día. La cosa iba en serio. Una gripe fuerte, pensé.

El martes regresó con mejor cara. Hizo su trabajo con normalidad, un análisis con constitucionalistas a los que llamó por teléfono. Al entregar la nota me dijo que seguía “un dolorcito en el estómago”, pero que no era gran cosa.

– Ah pues, ¿seguro Alonso? Eso es un virus normal, chamo. Si quieres te tomas mañana el día, pero deja la pendejada que no tienes nada, muchacho — le respondí creyendo que no era otra cosa que la manifestación de su hipocondria.

El miércoles ya no vino. Me avisó por teléfono. Había recaído y a tal punto que fue al médico.

El jueves lo operaron de urgencia de una apendicitis. No había sido más grave porque el apéndice se había “escondido” entre el hígado y no sé que otro órgano lo que impidió que se expandiera. Pero, en serio, llevaba cinco días con el tema. No era un simple virus ni la ilusión de una dolencia.

La verdad es que se veía un poco amarillo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>