profe-ucabEra más que obvio el plagio de la alumna. Con el precedente ya iba sospechando que los otros dos trabajos tampoco eran de su autoría.

Abrí el archivo correspondiente al tema internacional. Se trataba de un profundo y finamente escrito análisis sobre la situación del Medio Oriente. Saltaba a la vista que tampoco lo había elaborado ella. Pero, esta vez, por más que tomé mi tiempo para localizarlo en Internet no lo pude conseguir. Aquí al menos se tomó la molestia de cambiar algunas cosas, empezando por el título.

Sin embargo, aún recuerdo una frase que la dejó totalmente en evidencia: “En 1972, caminaba yo por una calle de Beirut y un palestino me dijo en voz baja…” En 1972 ¿había nacido esta chica o qué edad tenía? ¿Ya hacía reportajes en las calles de Beirut?

El siguiente texto, sobre deportes, pudo haber sido escrito por Cristóbal Guerra, por Humberto Acosta, por Ignacio Serrano o cualquiera de los grandes periodistas de la fuente. Ni me tomé la molestia de hacerle la más mínima observación. Tampoco era de ella.

Imprimí sus tres trabajos y los engrapé con una hoja en la que le advertía que no sólo estaba reprobada en mi materia sino que también iba a poner una queja formal ante la Escuela de Comunicación Social.

Le envié un correo electrónico con dos o tres líneas que decían más o menos esto: “Alumna Fulana. He comprobado que ninguno de los textos que me entregó, a destiempo, fueron escritos por Ud. No sólo queda reprobada de la materia sino que, por intentar engañar al profesor, llevaré su caso a consideración de la Escuela”.

No me devolvió respuesta. Tampoco yo la esperaba.

Me entrevisté con el director de la escuela. Le expuse la situación al detalle. Le entregué el sobre con impresiones de los correos electrónicos, los trabajos y mis observaciones.

– Yo, como periodista, no puedo aprobar ni con la más mínima nota a una alumna de periodismo que comete plagio. Por mí, no pasa. Es más, quiero que le abran un expediente o un consejo de escuela y tomen medidas más contundentes — le dije al director.

El hombre guardaba algunas dudas con un procedimiento formal. Al parecer, la fulanita era hija de un diplomático o un funcionario de alto rango. No me importó. Tenía suficientes pruebas en la mano. Solicité la apertura de un consejo.

Terminaban las clases. Llegaron las vacaciones. A pocos días de finalizar el mes de septiembre, antes de empezar un nuevo año lectivo, me acerqué a  UCAB para ver qué curso tenía, cuántos alumnos eran, qué horario me correspondía.

Miraba la cartelera del pasillo del piso 3 cuando de pronto salió el coordinador de la Escuela y me saludó.

– Antonio, qué bueno que estás por acá. Quédate un rato más porque ya vamos a comenzar el consejo…

El episodio del plagio aquel no era más que un mal recuerdo y yo pensaba que no procedería, que se olvidaría en algún cajón. No venía preparado para ello y me sorprendió un poco la notificación.

De pronto vi cómo de la escuela salía disparada la alumna del conflicto con un pendrive a imprimir sus “pruebas”.

A los cinco minutos estábamos todos reunidos en el despacho del director, el coordinador presidiendo la mesa, ella a su lado derecho, yo al izquierdo, frente a frente.

– A petición del profesor asistente Antonio Fernández, responsable de la materia Periodismo… se abre esta consejo de escuela contra la alumna….– leía solemne el coordinador, quien al terminar la introducción/acusación le cedió la palabra a la chica.

– ¡Usted lo que quiere es destrozarme, a mí y a mi familia! — gritó la primera vez, entre llantos de rabia y desconsuelo.

Tilín-tilín-tilín sonó la campanita del coordinador para poner orden en la sala y hacer un primer llamado de atención a la alumna, a la que volvió a ceder el turno de la palabra.

– Ejem (aclaró la voz)… yo le entregué estos trabajos a destiempo porque mi papá se estaba muriendo pero claro, ¡usted lo que quiere es destrozarmeeee! — dijo levantándose de su asiento y encarándome.

Tilín-tilín-tilín.tilín volvió a tocar la campaña el coordinador.

— Señorita –ordenó– mantenga la calma y el debido respeto al profesor porque de otra forma me veré en la obligación de expulsarla de la universidad por tres meses, por desacato a la autoridad universitaria. Ahora diga claramente: ¿Son estos textos de su autoría o no lo son?

– No, no son míos… respondió la chica con un hilo de voz, la cabeza baja, las lágrimas cayendo sobre la mesa.

– ¿Tiene algo que agregar el profesor Fernández?

– No, nada. Ahí están todas las pruebas y no hace falta más nada — respondí.

Se hizo un silencio mientras el coordinador levantaba un acta a mano. La chica no me miraba; yo sí a ella, enjugándose las lágrimas.

– Queda Ud. expulsada de la universidad por seis meses. Ya se le hará saber formalmente con una notificación. Haga el favor y firma el acta bajo su nombre — señaló el ‘jurado’.

Luego me tocó rubricar a mí el acta.

– Se levanta el consejo de escuela. Pueden retirarse — aseveró el profesor, tocando por una sola vez la campaña.

Luego supe que la pena quedó reducida a tan solo tres meses. La chica terminó graduándose.

7 thoughts on “Historia de un plagio estudiantil (y II)

  1. Yo también me he tropezado con cosas terribles, un estudiante de 1er semestre me miró perplejo cuando le reclamé un plagio que había sacado de buenastareas.com. Su argumento fue que yo había pedido una investigación y que eso era en efecto una investigación.
    También, en un curso de post grado que impartí te tropecé con el más burdo de los plagio por parte de un alto diplomático, no se tomó la molestia de acomodar los hipervículos en word. Cosas como esas se consiguen entre grandes y chicos.

  2. En mi primer trabajo como coordinadora de Contenidos descubrí a un par de pasantes a los que les encantaba plagiarse notas de El Nacional. Profe nhessofu cuente, que sus historias han de ser aleccionadoras.

  3. Yo nunca he sido profesora de universidad, pero si he tenido bajo mi supervisión a varias pasantes, y no me puedo quejar, la verdad “bachilleres” (como nos dicen el día de la graduación antes de que nos entreguen el título) con muy buena disposición de aprender y hacer las cosas bien. Pero como siempre hay una excepción, tuve la mala suerte de tener un caso muy particular de una joven bastante soberbia y sobrada. Plagiaba? SI, y muchooooo!!!! creo que nunca aprendió que eso no se debía hacer. Por más que intenté explicarle que eso, además de una práctica anti ética, era un delito, jamás lo entendió.

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