Claudio FermínEra un domingo de guardia. Solo dos personas: Luciana, la reportera, una veterana de mil batallas que escribía como los dioses del Olimpo, y yo. Había sido difícil obtener información buena durante la jornada. Prácticamente habíamos escrito los dos unos “notones” (artículos extensos). Y todavía nos quedaba espacio por cubrir. Se acercaba la hora de entregar páginas. Estábamos cansados y queríamos irnos ya a la casa.

En una batida intensa, echamos mano de ‘caliches’ varios, boletines, cables, y al final nos faltaba por llenar una media columna.

– ¿A quién llamamos para que nos declare, Luciana? — le pregunté, confiando en sus contactos y su conocimiento.

No podía ser alguien desconectado de la realidad del momento ni tampoco demasiado ‘galápago‘.

Repasamos nombres: Henry Ramos, Donald Ramírez, Nelson Chitty, Salas padre, Miquilena…

Eran cerca de las 5:00 pm cuando empezamos a llamar. Contestadora, ocupado, contestadora, ocupado, “el teléfono al que está llamando se encuentra apagado, temporalmente desconectado o fuera del área de cobertura, inténtelo más tarde”.

Último recurso, le dije a Luciana. Ta-ta-ta-taaaaaan: Claudio Fermín.

Nos miramos, nos reímos con complicidad sabiendo los riesgos, pero ya daban las 5:30 pm y había que ‘cerrar’ páginas.

– Aló — contesta con la voz profunda, de locutor.

– ¿Claudio Fermín? — pregunto, sabiendo que es el mismo que contesta.

– Sí, ¿quién habla?

– Hola. Es Antonio Fernández, de El Universal, ¡qué tal!

– Amigooo, ¿cómo estás? Dime, en qué puedo servirte — dice solícito el hombre.

– Te consulto por si tienes algunos minutos para darnos una breve declaración sobre este tema– le explico la materia, haciendo hincapié en el breve.

Fermín, apartando sus ideas política, es un tipo simpaticón y muy caballero; tiene el don de palabra y  pareciese que le gusta escucharse mientras declara. Dice una idea que el mismo la va corrigiendo a efectos de su difusión para que quede redonda. No para de hablar. Si uno lo interrumpe, él retoma el hilo de lo que venía desarrollando y no se detiene hasta cerrar la idea.

– Antonio, y…. ¿tienes suficiente espacio? — pregunta, conocedor de que sus largas declaraciones normalmente ‘llevan cuchillo’ y quedan reducidas, embutidas y planchadas.

– Como una cuartilla (1.500 caracteres), nada más. En realidad es poco espacio, para algo muy puntual — le respondo con sinceridad para que no se lance en picada.

– Ajá, bueno saberlo… bueno, con relación a este tema bla, bla, bla, bla…

Hubiese escrito con su declaración, pensada para poco espacio, al menos media ‘sábana’ (página) del periódico.

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