Uslar PietriLa cosa empezó mal desde el mismo momento en que ‘Manuela Brizo’ se encontró cara a cara con el doctor Arturo Uslar Pietri, en la entrada de su casa.

– ¿Y quién es usted? — le preguntó contrariado el escritor e intelectual venezolano, sosteniéndose en su bastón.

Ya tenía una edad avanzada Uslar aquel año 2000, pero seguía siendo una referencia para muchísimos venezolanos que conseguían en él la voz de la conciencia nacional. Merecedor de premios nacionales e internacionales, doctorados honoris causa y muchos otros reconocimientos, el autor de Las lanzas coloradas, su obra más conocida, y conductor de ese espacio televisivo de alta calidad llamado “Valores Humanos”, que se transmitía por el 5, entonces el canal cultural por excelencia, asistía con envidiable lucidez a los últimos años de su vida.

La jefatura de Redacción de El Universal envió a ‘Manuela’ a esa entrevista porque Roberto Giusti se había complicado. Y quien ha conocido más o menos a ‘Manuela’ debe saber que no se trata de una periodista complaciente o de carácter ligero, sino todo lo contrario. Reservada, de un humor informe y huidizo, personalidad algo gatuna, la colega atesoraba una buena experiencia como periodista y tenía un gusto refinado para la escritura.

Parada ahí, frente a AUP, venía a cumplir una pauta de la que tampoco estaba muy convencida ni muy entusiasmada.

– ¡Yo pedí a Roberto Guisti! — reclamaba el escritor, que ya había enviado a su asistenta personal a otro sitio.

‘Manuela’ le explicó el inconveniente y le dijo que si no estaba de acuerdo, pues se marchaba y listo; no ha pasado nada.

Uslar pareció entrar en razón y accedió a la entrevista con ‘Brizo’. Ambos pasaron a una sala y se sentaron en unas butacas.

La reportera, que ya venía con alguna idea preconcebida de Uslar, más el incidente de la puerta, no se hallaba en un ambiente propicio para una conversa relajada.

Y el primer lanzamiento fue una recta directa al ego de Uslar, a quien cuestionó su estilo literario.

– ¡Pero cómo va a decir usted eso! ¡No sea ignorante! ¡Mire, mejor váyase de mi casa, salga ya! — respondió indignado Uslar, que se levantó de su asiento, tomó su bastón y llamó en voz alta a la asistenta.

Como no aparecía la muchacha, caminó él mismo hasta la puerta y cogió las llaves, pero el temblor infinito de sus manos -por su avanzada edad y por la rabia- le impedían meter la llave en la cerradura. Finalmente apareció corriendo la asistenta y abrió la puerta. Ni se despidieron ‘Brizo’ y Uslar.

A la siguiente semana Guisti fue a remendar el capote.

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