fumata redaccionHasta el año 1997 se podía fumar en los diarios. Algunas secciones de El Universal parecían una auténtica mesa de fumadores. El jefe de Información, en la vieja sala de redacción, era una chimenea, un cigarrillo detrás de otro. Cuando devolvía algún original para corregir o añadir algo, el papel traía el olor a nicotina.

Un día Berenice Gómez llegó a su puesto y se consiguió en su taza (ella traía de su casa un pocillo grande de cerámica para tomar el café) habían apagado durante su ausencia colillas de cigarrillo. Su indignación fue mayúscula.

– ¡Pero qué clase de animal hace esto! — se quejaba mientras mostraba la taza con los cigarrillos dentro. Seguro que en su casa deben hacer lo mismo.

– Sí, y también beben el café en cenicero — saltó Carlos Ariel.

Al día siguiente, Bere entró a la redacción fumando un largo y aromático habano, tipo Churchill. Ninguno de los fumadores le dijo ni le reclamó nada. Ella aspiraba y echaba humo por doquier. Yo, que no fumaba y me sentaba a su lado, estaba mareado con el fuerte olor del tabaco. Hasta ese día usaron su taza como cenicero.

Años más tarde, en la nueva redacción, el humo se trasladó a la sección de Política. Alberto D.L.C., un tipo reservado y nervioso, que siempre movía las piernas cuando escribía, fumaba uno detrás de otro. Tenía un cenicerito de metal, de esos que ponían en los locales de comida rápida, que rebosaba de cenizas y collilas cada hora.

El día que Alberto libraba y alguien, por alguna razón, se sentaba en su puesto a escribir, se encontraba con la sorpresa de que la computadora no funcionaba.

– ¡Es que funciona con humo! — bromeaba Yola, que se sentaba a su lado.

En la sección de Caracas la cosa era peor. La fumata era prácticamente un vicio compartido por todo el equipo, salvo dos reporteras. A las cinco y media de la tarde, en plena hora de producción y cierre, se formaba una nubecita de humo en esa parte de la sala.

Una jefa “chiva”, que dejó el vicio hace algunos años, en aquellos años alternaba sus nervios con los cigarrillos más caros del mercado. Sus manos temblorosas intentando encender un pitillo de aquellos producían más tensión que sus indicaciones editoriales.

Cuando se instauró la norma de prohibición de fumar en espacios de trabajo cerrados, los fumadores sólo podían saciar su ansiedad cuando bajaban a tomar un café. El resto agradecimos poder respirar un aire más puro en la redacción y llegar a nuestras casas sin la ropa impregnada con el olor de la nicotina.

 

 

 

One thought on “Fumata en la redacción

  1. Antonio yo creo que en la redacción de El Universal se pudo fumar hasta mucho más de 1997. Yo me fui en 2005 y todavía se podía fumar en la redacción, pero lo hacían en cerca del baño, es decir al lado de Internacionales.

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