alfaro uceroNo había nadie en el edificio porque había llegado temprano. Ni el ‘negro Encarnación’, el portero de toda la vida de la sede de Acción Democrática, estaba por ahí. Tomé el ascensor hasta el último piso donde estaba la oficina del “caudillo”, Luis Alfaro Ucero, personaje de bajo perfil mediático del que se decía en esos años, manejaba todos los hilos de la organización y del poder desde la sombra.

Me intrigaba el personaje. Todos hablaban de él, del peso que tenía en las decisiones políticas, de las piezas que movía a discreción, de su capacidad para poner y quitar gente desde la Secretaría de Organización del, hasta entonces, partido más poderoso del país.

Le pregunté a su secretaria si me podía atender. La chica entró a la oficina y salió pronto con un cafecito en la mano para mí.

– Te concede cinco minutos. No más. Pasa — me invitó la muchacha.

Era como si un mago de una lámpara concediese el deseo de abrir aquella puerta, un deseo solicitado por muchos veteranos periodistas. Yo apenas empezaba a dar mis primeros pasos como reportero, siendo pasante de El Diario de Caracas. El corazón me latía fuerte y por un momento la mente se me nubló, las preguntas desaparecieron y lo tenía ahí mismo: frente a mí, el “caudillo” en persona.

Atolondrado, hice dos o tres preguntas y el hombre era bastante críptico en sus respuestas, aunque amable. No me dio mucha información pero tenía dos o tres datos buenos salidos de su propia boca.

Bajé y salí despacio por la puerta. El ‘negro Encarnación’ me formó un peo por haber subido sin avisarle. Afuera me conseguí a una colega -la del fundillote- y le conté el episodio. Lo primero que preguntó:

– ¡Y qué te dijo! ¡Cuéntame!

Solo le adelanté que no tenía mucho, dos o tres datos nada más.

– Yo con dos o tres datos del propio “caudillo” monto una buena “olla”– respondió, deseándome suerte con esa nota que prometió leer al día siguiente a la menor oportunidad.

Llegué emocionado a la redacción y le conté a mi jefa Kathina. Me dio un buen espacio pero le advertí que tenía poca información.

– Bueno, yo no sé cómo irá a hacer, carajito, pero tú a las 4:00 pm me estás entregando esa nota — me ordenó la jefa de la sección.

Le pregunté a una amiga, recién graduada, cómo hacía aquello que daría, a lo mucho y estirando, para cuatro párrafos. Y eso que en EDC los espacios eran reducidos.

– Bueno, chamo, móntate una “ollita” — volvía de nuevo con la sugerencia.

El término “olla” no estaba bien visto en el gremio. Suponía una piratería, una especie de trácala periodística según la cual se pone un buen título y se salpimenta el texto con algunos aliños para decir nada.

– Hay “ollas” de “ollas” — aclaraba la amiga. Te vas al archivo, revisa las cosas recientes que han dicho de él y ha dicho él. Averigua el contexto. Incorpora otras voces de fuentes que hayan hablado del tema. Usa tus datos , distribúyelos, pon un buen cierre de tu propia elaboración. Dale, que lo puedes hacer.

Poco antes de las cuatro, con una angustia encima, entregué mi texto, escrito con las recomendaciones de la amiga. Katina lo leyó y le gustó. Apenas le hizo dos o tres correcciones de estilo y lo envió a corrección. “¡Muy bien, carajito. Tas aprendiendo mucho!”, me alentó.

Ya salía para la universidad y me atajó la amiga:

– No te aflijas por haber escrito eso. Coño, conseguiste al “caudillo”, qué más quieres. Además, la distancia de una “olla” bien hecha a un reportaje interpretativo es muy corta. Nos vemos mañana.

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