san vicente del caguanLa guerrilla de las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos acaban de alcanzar un primer acuerdo importante sobre el tema agrario. Recuerdo cuando en enero de 1999 El Universal nos envió a Carlos Hernández y a mí a cubrir el primer intento de diálogo entre el presidente Andrés Pastrana y el líder del grupo subversivo, Manuel Marulanda Vélez (‘Tirofijo’) en San Vicente del Caguán, en el Caquetá, la Colombia profunda.

Pastrana había creado el año anterior una ‘zona de distensión’, un área de 42.000 kilómetros cuadrados totalmente desmilitarizada con el fin de que se pudiese llevar a cabo el proceso de conversaciones, junto a una comisión internacional de verificación. Desde un principio aquello no pintaba bien y, efectivamente, mal terminó. No hubo acuerdo y la guerrilla regresó a las armas. Todo ese tiempo lo que sirvió fue para que se rearmaran las FARC.

Para llegar a San Vicente del Caguán primero debimos tomar un vuelo desde Bogotá hasta Florencia, la capital del Caquetá, una ciudad pequeña y rural, por cuyas calles todavía corrían carretas tiradas por mulas. De ahí a nuestro destino son cerca de dos horas en carro, por una zona muy verde y cálida, con una cadena montañosa a la izquierda.

En el camino paramos dos veces en controles militares para revisión de documentos y el automóvil. En el último, el soldado nos dijo: “El próximo control ya es de la guerrilla”.

Rodamos como veinte minutos más y encontramos esa alcabala, efectivamente de las FARC. Los guerrilleros con sus botas de hule, uniforme de campaña, kalashnikov cruzado y brazalete con la bandera de colombia y la leyenda FARC-EP. No hubo problema, sólo fue un chequeo.

Al llegar a San Vicente del Caguán, un pueblo de cuatro calles polvorientas, tres bares y dos comederos, fuimos al único hotel que yo conocía porque ya había estado antes. Como había tanta expectactiva por el diálogo Pastrana-Tirofijo aquello estaba repleto de periodistas de todas partes del mundo.

No había plazas disponibles en el hotel. ¡Qué problema! Recorrimos varias casas que alquilaban habitaciones y tampoco. Overbooking. Regresamos al hotel y le rogamos al encargado que nos alojase aunque sea en el lobby. El joven nos preguntó su queríamos ir a la terraza y colocarnos en chinchorros. Aceptamos. Ahí pasamos aquella calurosa noche en el medio de la selva colombiana y el techo de cielo estrellado.

Al día siguiente ya toda la prensa internacional tenía en dato de que ‘Tirofijo’ faltaría a la cita. Algunos comenzaban a retirarse. Llamé al periódico y pasé la información. Nos ordenaron regresarnos a Caracas.

– La señora dice que eso ya lo tenemos por agencias, me explicaba Clodobaldo Hernández, jefe de las páginas del Tema del Día, para el cual iba a escribir, al hacer referencia a la orden de una jefa de la mesa de redacción.

– ¿Y entonces para qué nos mandaron para acá? — le pregunté, sabiendo que él mismo no tenía esa respuesta.

Nunca pudimos ver “la silla vacía” que dejó Marulanda. Aunque tampoco nos perdimos de nada extraordinario. Escribí una crónica de color.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>