morgue bello monteEl intenso olor a formol me recibió ese lunes desde la misma puerta principal de la morgue. Mi jefe en La Revista de Caracas, L.L.S., me había pautado un reportaje sobre los “oficios de la muerte”: un forense, un tanatólogo, un enterrador. Ese día, me tocaba ir a la medicatura de Bello Monte.

No había logrado entrevistar al famoso Jack Castro, el patólogo más famoso de Venezuela en ese momento, maestro de muchos de los forenses con que contaba el país, que había ayudado a resolver varios casos policiales.

Conseguí, en cambio, contactar a los antropólogos forenses, los que estudian los huesos; no son médicos sino eso, antropólogos. En la morgue de Bello Monte estaban ubicados en el sótano 2. Hasta ahí debía bajar por las escaleras.

Me dio curiosidad casi morbosa voltear a uno de cuartos del primer sótano donde había unas camillas con cuerpos desnudos. Pero todo fue muy fugaz porque iba acompañado de un funcionario policial que me guiaba hasta mi destino.

Los antropólogos trabajaban en un pequeño cuarto, repleto de estantes con osamentas y cráneos. Me atendieron dos muchachas con batas de laboratorio, amables y muy apasionadas por su oficio.

Yo tomaba notas sobre lo que parecía un escritorio mientras una de la chicas me explicaba que la primera tarea cuando les traían un cadáver era “hacer un hervido”.

– ¿Un hervido? ¿Dónde y cómo? — recuerdo, le pregunté.

– Ahí mismo, donde estás tomando las notas — me respondió casi riéndose, como si fuese la cosa más natural del mundo. Total, ellas habían participado en el levantamiento forense del Caracazo y luego de la tragedia del río El Limón, en Aragua. Prácticamente, usaban aquel repositorio-olla, tamaño sarcófago, sellado herméticamente, como mesa de comedor al mediodía.

Como trabajan solamente con los huesos, desechan las “partes blandas”. Su trabajo puede llegar a descifrar crímenes o importantes sucesos. Me mencionó que cierta vez, mediante investigación antropológica forense, determinaron que una osamenta conseguida en una laguna del oriente del país correspondía a la de un hombre que había sido reportado como desaparecido una década antes.

Casi terminando mi labor reporteril llegó el fotógrafo, creo que Harold Escalona. Una chica, la más payasa, tomó un fémur que había sobre un estante y se hizo fotografíar como si llevara un bate de beisbol. No fue esa la foto que salió publicada junto con el reportaje, pero sí se tomó.

De ahí salí más tranquilo, aunque mi siguiente cita, al día siguiente, era en la funeraria Vallés, con el tanatólogo, rolo e’loco.

 

3 thoughts on “Sótano 2 de la morgue

    • Hola Mercedes, gracias por estar pendiente. Sí, claro que hice el trabajo con el enterrador, fue el del cementerio de El Hatillo, pero no tenía mucho interés. Saludos.

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