roberto_eldoradoVeníamos de una actividad en Cartagena organizada por la Embajada de Colombia y la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, con el propósito de acercar las posiciones de periodistas venezolanos y colombianos que en esa época eran bastante polarizadas, basadas la mayor parte de las veces en estereotipos y prejuicios. Por Venezuela habíamos sido invitados Gioconda Soto por El Nacional, Teodoro Petkoff por Tal Cual, Roberto Giuisti y este servidor por El Universal. Al regreso a Caracas, el protagonista fue Roberto y su morralito.

En Cartagena habíamos asistido a una buena sesión con periodistas de primera categoría del lado colombiano, como Antonio Caballero y Juanita León. El principal reproche por ambas partes era que las informaciones, por lo regular, reproducían el lenguaje de los políticos sin detenerse en analizar la solidez o veracidad de las declaraciones.

La gran prensa colombiana hablaba siempre en tono descalificatorio de la “militarizada Guardia Nacional venezolana”. Aunque era y es cierto (ahora mucho más), a oídos de un lector venezolano aquello no sonaba muy bien. A contrapelo sucedían cosas parecidas, hay que admitirlo.

Petkoff hizo una intervención brillante, de cerca de hora y media, en la que prácticamente explicó el origen del chavismo y hacía una prospección muy asertiva de lo que vendría con el comnadante presidente en Miraflores.

Roberto, en su estilo, profundizó en la misma línea.

Al regresar tomamos un vuelo local hasta el aeropuerto de Eldorado, en Bogotá, para seguir camino a Caracas. No sé cómo, pero Roberto tenía todas sus cosas, hasta su grabador, dentro de un morral pequeño de tela verde.

Al salir del primer punto de chequeo, donde se revisa el pasaporte y el ticket de embarque, caminamos por un pasillo donde están las tiendas del dutty free y algunos locales de venta de comidas. Estuvimos un rato tomando un café y hablando pendejadas.

Por el altavoz llamaron a embarcar el vuelo a Caracas. Volvimos todos al pasillo y llegamos a un segundo control donde estaba apostaba la policía nacional de Colombia. Separaron a las mujeres y a los hombres. Nos revisaron a todos, con los brazos en cruz.

Había unos mesones largos donde chequeaban el equipaje de mano. Le indicaron a Giusti que se quitara el morral y lo pusiera sobre la mesa. Yo estaba a su lado.

Se intentaba quitar el morralito verde con esfuerzo, pero los tirantes le quedaban muy apretados. Entonces lo que hizo fue voltearse, dándole la espalda al funcionario y colocarlo sobre el mesón. De inmediato algo empezó a sonar dentro. Los guardias se movilizaron rápidamente hacia el punto debido a la “novedad”.

– ¿Qué lleva ahí, caballero? — le preguntó uno.

– Sólo ropa y la grabadora — contestó Roberto, con los ojos pelados, mientras del morralito seguía saliendo un ruido extraño.

– ¡Ábralo! — le ordenó el oficial.

Roberto desató el cordel de su morralito y sacó el aparato que ocupaba un tercio del espacio. Se había activado el botón de play.

El oficial revisó el grabador y Roberto puso sobre la mesa todo lo que llevaba dentro de aquella bolsa de tela.

Yo esperé un momento a que le dejaran continuar el camino. Y sí, el episodio que al principio me había inquietado un poco, terminó por darme risa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>