syc_simon_peresAquella no era una visita oficial. No podía serlo. Simón Peres no desempeñaba ningún cargo ejecutivo en noviembre de 1998. Luego de haber sido primer ministro de Israel y haberse hecho acreedor del Premio Nobel de la Paz, el político judío recalaba en estas tierras, en plan privado, para cosas más relajadas: visitar el Parque Nacional Canaima, recibir un doctorado Honoris Causa por la Universidad Católica Andrés Bello, conocer a la comunidad hebrea venezolana, visitar a dos viejos amigos, Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera.

El carácter no oficial de la visita de Peres tampoco lo eximía de cierto protocolo. El entonces líder del Partido Laborista israelí, nacido en Vishniev, Belarús en el año 1923, emigrado a Israel en 1934, tenía en agenda una reunión de trabajo con el ministro de Relaciones Exteriores Miguel Ángel Burelli Rivas.

Obviamente, los reporteros que cubríamos la fuente estábamos convocados al despacho del canciller. Peres era y es una figura importante en la política internacional, y en Israel había sido en dos ocasiones primer ministro de un gobierno de unidad nacional.

Estábamos esperando en la antesala del despacho, cuando de pronto se presentaron cinco hombres fornidos. Vestían trajes oscuros, lentes de sol, auriculares en una oreja; todos de tez blanca y cabello muy corto, con cara de pocos amigos. Nos desplazaron “amigablemente” hacia el fondo del salón. Tocaban las paredes, veían el techo, testeaban el piso, probablemente ya nos habían ‘escaneado’ a todos los reporteros; abrían espacio suficiente para que pasara, en pocos minutos, el invitado especial. Me llamó la atención uno que llevaba un aparatico con que iba chequeando todas las tomas de electricidad. Nos habían filtrado que eran agentes del mismo Mossad, la policía secreta de Israel.

A los pocos minutos volvieron a empujar “amablemente” a los reporteros. Pasó el hombre y se reunió con el canciller Burelli. Se estrecharon las manos y se saludaron en inglés. Los flashes se dispararon en ese momento. Alto, delgado, luciendo un flux impecable, Peres sonreía y emanaba un espíritu amigable. Rápidamente ambos pasaron al despacho y se cerraron las puertas. Los agentes de seguridad, una mezcla Rambo con Terminator y los “duros” de Matrix, se colocaron imperturbables delante del despacho.

Al cabo de 45 minutos volvió el ajetreo. “Amigablemente” las moles de seguridad volvieron a separarnos de la puerta. Era imposible acercar un micrófono sin correr el riesgo de ser sometido a una llave de judo. Más flashes, más sonrisas para la prensa. De pronto, Peres le preguntó algo al oído a Burelli, que le respondía con gesticulación, como dando una dirección. El canciller llamó a su secretaria privada ‘Zanahoria” Rísquez a quien le ordenó que acompañara al invitado al palacio de Miraflores donde tenía previsto un almuerzo con el presidente Caldera.

El hombre abandonó el despacho con Rísquez a su lado y los agentes de seguridad haciendo un compacto anillo impenetrable. Bajaron las escaleras y salieron a la calle, pero no había ningún vehículo oficial esperando. ¡Peres quería ir a pie hasta Miraflores! Y así lo hizo.

Un colega de la fuente, al ver la ocurrencia de Peres, en ese momento tal vez uno de los hombres con la mayor custodia del mundo, me comentó:

– Después de tanto peo de la seguridad con cuatro piches periodistas allá arriba este loco se va por toda la Urdaneta… ¡no joda, chico! Ahí los pueden asaltar a toditos y ni se dan cuenta.

2 thoughts on “Simón Peres en la Casa Amarilla

  1. La imagen de un señor de la Mossad rebuscando en su flux para darse cuenta que no tiene cartera cuando llega a Miraflores es para morir de la risa jajajaja!

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