syc_12_abril_dia_largoNo podré olvidar nunca aquel semblante, pálido de espanto, que Yaritza Peñaroble puso en la improvisada asamblea de trabajadores cuando Castillito, un simpatizante del chavismo, anunció la inminente llegada de motorizados armados a Puerto Escondido. Era sábado 13 de abril, a las 5:00 pm, un día muy largo para todo el país.

Sus ojos llenos de miedo, su cuerpo que ya no quería estar allí ni un segundo más, su mudez repentina, tomaban la palabra entre esos doce o quince periodistas -entre reporteros, diseñadores y jefes- responsables por la edición del día siguiente.

– ¿Podemos sacar el periódico mañana? — preguntó un ‘chivo’ a la asamblea, reunida en círculo que ocupaba un breve espacio entre Deportes y Política, cuando ya se oían los escapes de algunas motos que pasaban frente al edificio.

El negro Ubaldo, un fotógrafo flaco y negro de los más militantes por la causa revolucionaria, teléfono en mano advertía que “los tipos están por caer”.

Aquellas palabras disolvieron por completo la asamblea. Cuando volteé, Yaritza se había ido y otros dos o tres más. Encogiendo los hombros miré al ‘chivo’ con cara de “¿y ahora?”, y no obtuve una respuesta clara.

Aquella edición era grande, casi como la del día anterior, un ejemplar periodístico de lujo que incluía una entrevista que le hizo Gioconda Soto a José Vicente Rangel, quien desde su casa la atendió por teléfono. Remorable cuando ella le pregunta si lo del 11-A había sido un golpe de Estado y él, con todas sus letras, respondía: “Ese es un problema semántico”.

La edición dominical contenía las declaraciones de diputados opositores como Henry Ramos Allup, denunciando la disolución ilegítima del Legislativo así como de otros poderes públicos. Incluía las voces de analistas y políticos denostando de aquel abominable decreto de Carmona, una especie de sentencia de muerte del intento por usurpar el poder.

También llevaba la reseña de la rueda de prensa del fiscal Isaías Rodríguez, la declaración de una hija del Presidente a CNN en la que advertía que no había renunciado sino que estaba secuestrado, la nota sobre las persecuciones a los políticos del régimen caído Diosdado, Bernal, Tarek William, Rodríguez Chacín, etc., etc.

En fin, material había suficiente. En las pruebas de algunas páginas se anunciaba publicidad de empresas que felicitaban al gobierno provisional de Carmona Estanga. Pero esa no fue la razón por la cual el diario no salió al día siguiente, como mal argumenta el chavismo.

Se hizo una segunda reunión rápida con la gente de los talleres y apenas había cuatro obreros. Para mover la vieja rotativa de El Nacional se necesitaban, al menos otras ocho personas.

El jefe de talleres había recibido algunas llamadas de trabajadores que, ni por asomo, se les ocurriría ir a Puerto Escondido. No había, pues, quien pudiese poner a rodar aquello.

Desde el fondo del edificio se oía el estruendo de las motos y los gritos del grupo. La cosa duró cerca de una hora. Prácticamente estábamos secuestrados.

Alguien nos avisó que a la menor oportunidad podríamos correr hasta el estacionamiento de Aso-chivo, a 30 metros, y resguardarnos ahí mientras pasaba la amenaza. Éramos unas diez personas que quedábamos en el edificio. Bajamos por las escaleras de emergencia y salimos por la puerta de los talleres corriendo hasta aquel estacionamiento donde había un policía metropolitano. Luego de entrar trancaron la puerta de metal y el agente veía por una ventanilla cómo los motorizados armados seguían rondando la zona.

Ahí permanecimos cerca de otra hora porque la idea era regresar a intentar rodar la edición. Pero la cosa se ponía peor y nos recomendaron abandonar la zona. Nos subimos a nuestros vehículos, tomamos en caravana hacia la Cota Mil y llegamos por la Luis Roche hasta el Hotel Four Season para una reunión de emergencia.

Se pensó en varias posibilidades para sacar el periódico. Llamaron a Teodoro Petkoff para ver si podía rodar la edición junto con Tal Cual, pero había que moverse de nuevo al centro, a la rotativa del Daily Journal. También se hizo contacto con El Universal, pero ellos estaban en similar situación, rodeados por motorizados armados que querían tomar por asalto el edificio y debieron marcharse.

De pronto empezaron a circular por vía telefónica, y por un aparatejo hoy extinto llamado t-motion, rumores sobre el fracaso del Carmonazo, que aquello estaba haciendo aguas, que el decreto había atestado un sablazo mortal a la aventura, que los militares estaban divididos, que Miraflores había sido retomado por el Gobierno.

A las 4:00 am, sin nada que hacer por sacar la edición dominical, ya se habían confirmado todas aquellas informaciones. Chávez volvía y los golpistas huían.

A las cinco decidimos ir cada quien a su casa. Cuando salíamos de aquel hotel pasó una camioneta pickup por la plaza Francia que transportaba personas con camisas rojas.

– Los vimos desde que se fueron. No volverán escuálidos de mierda — gritó uno de ellos levantando el puño de la mano derecha.

 

 

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