syc_alo_presidenteEl problema no era qué reportero de la guardia dominical cubría el ¡Aló, Presidente! El verdadero problema es que los medios de comunicación, sin excepción, desde el 23 de mayo de 1999 hasta el 29 de enero de 2012, cultivaron una relación de enfermiza dependencia con el programa televisivo conducido por el comandante presidente.

Entre los reporteros, al menos de El Nacional, la cobertura generaba una dualidad en la guardia: algunos se ofrecían voluntariamente porque, más allá del fastidio, del discurso reiterativo, de la incertidumbre sobre su duración, al menos tenían material para escribir y generar titulares garantizados para la primera página del lunes.

Otros rehuían de la pauta porque implicaba estar pegados del televisor, atentos a cualquier asomo de dato noticioso, frase impactante, ocurrencia del momento, por un tiempo indefinido que los obligaría a comer en el propio escritorio y hacer pipí rapidito, aparte de calarse la retórica revolucionaria misma como si fuese un jarabe rancio que deben beberse a juro.

Como encargado de Política -y muchas veces del periódico entero en las guardias- además de estar pendiente de la nota del reportero recibía las llamadas de los ‘chivos’, que también sintonizaban de principio a fin el ‘Aló’ y cada cierto tiempo telefoneaban para pedir que en la noticia incluyéramos tal o cual dato o comentario presidencial, que buscásemos una reacción a un punto polémico de la alocución, y a veces, pocas realmente, que le bajáramos el volumen, es decir, el espacio y la presencia en la primera página.

En alguna oportunidad, al tener a los dos reporteros de Política ocupados en otros temas, me tocó a mí mismo ver la televisión e ir escribiendo la noticia, mientras en simultáneo diseñaba y montaba las otras páginas, una labor verdaderamente ingrata y extenuante.

Enviar un reportero al sitio donde se hacía el Aló era totalmente impráctico, primero porque no lo dejarían entrar al pertenecer de un medio privado (de la derecha apátrida), y segundo porque se perdía mucho tiempo en el trayecto y el regreso al diario.

El reportero, aparte de la nota principal, debía elaborar una ficha técnica, que no sé si aún se sigue haciendo, con los siguientes datos: número del programa, sitio, invitados, tiempo de duración, la frase, el chiste, la canción (porque siempre cantaba una).

Creo que el más divertido-patético-grotesco, dentro de todo, fue aquel en que dedicó cinco minutos a narrar que se estaba cagando en medio de un acto oficial. “Soy humano, algunos lo olvidan”, dijo en aquel relato.

Recuerdo otro en que tenía a su lado al ministro de Sanidad y hacía un comentario sobre el control de la natalidad. En un momento mencionó la vasectomía, y para explicar que el procedimiento no afecta a la erección, se hizo un lío y terminó hablando de la “guaya tensora”.

El efecto narcótico que este interminable reality show político ejerció en los medios de comunicación les llevó en muchos casos a perder su propia brújula. Desde luego era necesario hacer cobertura del ‘Aló’ porque, casi siempre, había alguna novedad, un nombramiento, un anuncio o un disparate digno de ser transformado en noticia; pero no a costa de la propia línea editorial.

Un poco tarde, los principales medios se dieron cuenta de que estaban “enganchados” y fue cuando comenzaron a planificar la llamada “agenda propia” para que los lunes se ofreciese a los lectores un ángulo diferenciado. En muchos casos se logró, pero el indudable poder del verbo presidencial en 376 ediciones por un costo global superior a 100 millones de bolívares (Carlos Berrizbeitia, dixit), casi siempre logró imponerse.

No es gratuito que en mi última guardia como jefe encargado del periódico, a eso de las 3:00 pm recibiese la llamada de un ‘chivo’, preguntando:

– ¿Y qué ha dicho el hombre?

 

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