syc_lina_ronHolanda era el primer país de la gira del presidente Rafael Caldera a Europa, en marzo de 1998. Primero estuvimos en Amsterdam y luego en La Haya, donde el mandatario fue recibido por los miembros del Tribunal Internacional. Recuerdo que dio un discurso -leído- en francés impecable.

Los cuatro periodistas de prensa privada invitados a la gira (Gioconda Soto por El Nacional, Marta Palma por El Globo, Magdalena Rodríguez por Últimas Noticias y yo por El Universal) dependíamos mucho de los medios de movilización del gobierno.

Alvarillo, personaje peculiar del que ya he hablado en una oportunidad, un funcionario avispado y mandón que sabía deselvolverse con soltura en el terreno internacional, rápidamente alquiló un vehículo pequeño para mover a los periodistas de un sitio a otro.

Él mismo al volante, tenía una habilidad envidiable para ubicarse en ciudades que jamás había pisado antes. No existía ni GPS ni nada por el estilo; él se guiaba solamente por los carteles de las calles y ¡llegaba a los sitios sin perderse!

El mismo nivel de destreza lo tenía en viveza criolla. Una tarde que disponíamos algún tiempo libre nos llevó al centro de Amsterdam donde quedan los canales. Los cinco apretujados en el pequeño automóvil. Alvarillo cruzó un puente y no sabía muy bien dónde estacionar. Dio una vuelta en U a la venezolana, regresó por el puente, encontró un sitio mínimo que tenía alguna señalización extraña a la que miró de reojo, pero igual en tres movimientos empotró el carrito en aquel espacio.

– ¿Tú estás seguro de que aquí se puede estacionar? — preguntó extrañada una de las reporteras, viendo que había alguna señalización.

– No joda, ¡estamos con la delegación oficial venezolana! Que me vengan a decir algo pa’ que se forme el peo — dijo en tono sobrado.

La caminata duró cerca de una hora en la que vimos los bares donde estaba permitido el consumo de drogas, las vitrinas con las prostitutas ofreciendo sus servicios, las tienditas, los canales. Al regresar, efectivamente había una multa en el parabrisas. Alvarillo la tomó y la rompió.

– Que la vayan a cobrar a Caicara del Orinoco… móntense que nos vamos –  dijo el funcionario, haciéndose el desentendido.

Al llegar al hotel, y de nuevo a la brava, habiendo suficiente sitio, estacionó el carro en un puesto para minusválidos. Gioconda le advirtió y el volvió a su mantra:

– Gioco, estaremos aquí sólo tres días, ¿qué nos va a pasar? Tranquila que no hay rollo — dijo confiado el hombre.

Al día siguiente debíamos ir a La Haya para los actos oficiales. Cuando llegamos al carro había un segundo talón de multa. Alvarillo hizo el ritual de costumbre: lo rompió y siguió adelante.

– Que lo vayan a cobrar a Altagracia de Orituco — se burló.

El tercer día fuimos a Rotterdam, una interesante ciudad portuaria. Hacía cerca de 2 0 3 grados de temperatura y como me estaba congelando (no fui preparado para tanto frío), aproveché para comprar un buen abrigo de segunda mano que apenas tenía un minúsculo huequito en el hombro derecho, por veinte dólares.

Al cuarto día, cuando ya habíamos hecho el cheking out en el hotel y nos disponíamos a marcharnos para Bélgica, vimos que habían colocado un cepo en una de las llantas delanteras del vehículo.

– ¡Ves lo que pasa! ¡Es que no se puede ser tan irresponsable! — le reclamó Gioconda. ¿Y ahora cómo nos movemos?

Alvarillo tenía un problema: debía entregar el automóvil, pero tenía dos multas sin pagar y un cepo en una rueda.

Sin más posibilidad, ordenó a un jovencito camarógrafo ir hasta la comisaría y pagar la multa. El pobre muchacho, un negrito buena gente, solo podía acatar la orden de su jefe.

Llegó a la comisaria y en precario inglés les comunicó a los oficiales el propósito de la visita.

– ¡Aaahhh! ¡Con que eres tú el que anda estacionando ese automóvil en lugares prohibidos! — le inquirió uno de los oficiales en la comisaría, revisándo al chico con la mirada de arriba abajo.

Por fortuna, no hubo mayor inconveniente con el muchacho pues pagó íntegra la multa de Alvarillo, muy alta, en dólares de los viejos (no existía todavía el euro y en Holanda la monera era la corona).

El camarógrafo regresó indignado y molesto con su jefe que no dio la cara por los abusos. La multa no la cobraron ni en Caicara del Orinoco ni en Altagracia de Orituco sino en Amsterdam.

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