No recuerdo con precisión si se trataba del cumpleaños del presidente-editor, de una celebración nadiveña o alguna ocasión particular que ameritara una buena rumba. Lo cierto es que “Macondo”, la mítica residencia de los Otero-Castillo, anclada entre Sebucán y Los Chorros, probablemente aquel 2003 fue una de las últimas veces que sirvió de escenario para una gran fiesta.

Yo llegué cerca de las 8:00 pm en el Twingo. Recuerdo que la calle estaba repleta de carros y se había habilitado hasta un servicio de valet-parking. Un muchacho recibió el automóvil y caminé hasta la entrada donde ya empezaba a ver caras conocidas.

Subí unas escaleras largas hasta el jardín donde sería la reunión. Cuadros de pintores importantes, obras de arte, un Reverón, un Soto… mis ojos no podían alcanzar tanto arte junto en ese fugaz momento.

La vivienda comprada por el propio Miguel Otero Silva y bautizada con ese nombre garciamarquiano, una casa espaciosa, llena de arte y leyendas, recibió a políticos, intelectuales, artistas, exiliados y hasta candidatos presidenciales.

La cineasta Margarita Cadenas hizo en 2009 un documental sobre esa casa, bajo el mismo nombre, con la actuación de Alejo Felipe. El amigo y colega José Pulido todavía conserva algunas fotos tomadas en “Macondo” donde le tocó hacer varias entrevistas.

Un ascensor surcaba los tres pisos de la vivienda, porque era el único medio para trasladar a doña María Teresa Castillo, que ya acusaba sus limitaciones físicas.

Arriba habían dispuesto un pequeño escenario para un grupo musical que contrataron para la ocasión. Colocaron mesas redondas alrededor y habilitaron un servicio de mesoneros.

Recuerdo claramente a un jefe con sobrepeso que al sentarse hundió en cámara lenta la silla en el cesped y miraba perplejo cómo iba descendiendo por la fuerza de la gravedad, sin poder hacer nada. Hubo risas contenidas y alguno, por no poder contenerla, se alejó un par de metros.

Cuando a dos palmos del suelo cesó el movimiento de aquella típica silla de fiesta, con base de metal y respaldo y asiento de plástico color blanco, el jefe ni hizo el esfuerzo por pararse. Se quedó ahí y siguió conversando con la gente a su alrededor.

El aire fresco del Ávila que bajaba hasta aquella agradable terraza hacía todavía más mágico el momento. Yo intentaba infructuosamente localizar dónde estaba la escultura de Balzac de la que todo el mundo hablaba.

Corrió el whisky, la cerveza y los tequeños. La tenue música lounge fue rápidamente alterada por ritmos caribeños que de pronto emergieron del escenario a manos del conjunto (¿Guajeo?) y la gente se puso a bailar.

Fue una gozadera loca. ‘Elmo’, que no baila ni en sueños pero en sus ratos libres mezcla y produce música electrónica, disfrutaba campaneando el whisky en la mano y dejaba de su esposa ‘Irina’ echara un pie conmigo.

Cuando ya comenzaba a amainar el ambiente y varios se habían retirado, llegaron VH y su compa Johnny. Aquello volvió a encenderse un rato más, a pesar de que los músicos ya habían terminado su set y comenzaban a guardar sus instrumentos.

Me marché pasada la 1:00 pm. Al bajar de nuevo por las escaleras logré ver por última vez aquella espléndida casa, a la que no regresé más. Luego supe que fue vendida y más tarde demolida para construir una torre residencial. “Macondo” quedó solo en la memoria.

 

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