syc_pasante_pasadoFui pasante en El Diario de Caracas, en la sección Política. Estuve por seis meses que se prolongaron hasta un año. Me fui porque debía terminar la tesis, y si le tomas el gusto al reporterismo se hace cada vez más difícil abandonar el oficio. De la asignación simbólica, ni hablar.

Cuando uno es pasante aprende de todo. Es como una esponja y además quiere escribir todas las notas posibles. Poco importa el pago cuando lo que se está es aprendiendo. Al menos así fue en mi caso.

Supe que en El Nacional, Vanessa Davies, también en las mismas que yo, había fundado algo así como el “sindicato de pasantes explotados del mundo”.

Al llegar a El Universal, en 1993, ya tenía un año ejerciendo como periodista en La Revista de Caracas, el dominical de EDC. Entonces me tocó, en lo sucesivo, ver y guiar a los pasantes, tanto en Platanal como en Puerto Escondido.

Pocos de ellos han continuado en la ruta del periodismo. Muchos se movieron a otros ámbitos laborales, por razones profesionales, de dinero o de vocación. Algunos fueron “quedantes”, eternos pasantes que se convierten en un periodista más hasta que se cansan de la mísera paga.

Puedo mencionar a Ernesto Ecarri, en Política de EU, quien luego ocupó la Coordinación y desde hace años la jefatura de información; Vanessa Gómez, la pupila de Edgar López en Tribunales; Layla Calderón, que terminó su período en la Base de Datos (un servicio que tenía el periódico) y regresó como periodista al puntocom; Mariela Hoyer, que brincó por varias secciones y más adelante de país en país, y ya le perdí la pista;  Celina Carquez, a quien le caían montones de ‘rayos’, se fue a Argentina y regresó como reportera Política a El Nacional; David Ludovic, el ataja-caliches y consentido de Cristina Marcano; Thabata Molina, la comisaria de Sucesos; y algunos otros que se me escapan de la memoria.

Pero el que no olvido nunca -y eso que lo ví poco- fue uno que llegó por allá en 1994 a El Universal. Era algo mayor de edad para el promedio pasantil. Estudiaba de noche en la UCV y además estaba haciendo otra carrera rápida. Ya tenía entradas en la cabeza, algo entrado en carnes, siempre de camisa, pantalón de polyester y zapatos de suela.

Un día le pautaron cubrir una actividad institucional en la Embajada de Japón. Regresó, escribió una notica de menos de mil caracteres, se fue y no lo ví más el resto de la semana, ni la siguiente ni la otra.

Pregunté por el chico. No sé cómo se movió como un púgil de categoría súper mosca aquel muchacho con cara de bonachón, de no-parto-un-plato, pero consiguió que la embajada japonesa lo incluyera en un grupo de venezolanos que viajaría a Tokio por una semana, ¡con todos los gastos pagos por cuenta de la misión diplomática! Usualmente, la embajada hace eso cada año pero invita a periodistas, por lo general, experimentados.

El periódico se enteró -tarde- de aquello. El chico ya iba volando por Los Ángeles. Al regresar del país nipón lo despidieron. Aquel no era un pasante sino un pasado.

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