syc_lina_ronLa pauta era hacerle una entrevista al doctor Edmundo Chirinos para publicar en la Revista de Caracas, dominical de El Diario de Caracas.

Se trataba, pues, de todo un reto para un periodista recién graduado, con apenas una pasantía larga en Política y algunos meses con el equipo de la revista.

Chirinos tenía un nombre y un prestigio. Ex candidato presidencial del PCV, ex rector de la Universidad Central de Venezuela, una autoridad como psiquiatra y una referencia como político.

Hice los contactos y acordamos el día. La entrevista sería en su consulta privada de Campo Alegre, muy cerca de la clínica Sanatrix.

Me recibió muy amablemente. Vestía traje y corbata, y su bata blanca. El pelo pintado con tinte negro, peinado hacia un lado, tapando la calva.

El consultorio era amplio, con una gran ventana que daba hacia el patio de aquel pequeño centro médico. Detrás de su escritorio había un parabán del que pendía una cortina verde que impedía ver la otra media parte de la habitación. Yo intuía que tendría una camilla y los instrumentos médico-quirúrgicos básicos que suele haber en un consultorio: tensiómetro, algodón, alcohol, jeringas, etc. etc.

Cuando la entrevista ya había avanzado al menos quince o veinte minutos, detrás de aquella cortina tronó un alarido:

– Aaaaayyyy, aaayyyyy, aaaaaaaaagggggghhhhhh.

¡Yo pensé que estábamos solos y resulta que había alguien más! Pero Chirinos seguía hablando, totalmente desprevenido de aquel hecho, con su tono atropellado, su leve tartamudeo, su incontinencia verbal, y eso que pelé los ojos de asombro cuando escuché el grito de aquel paciente omnipresente.

– Aaaaaaahhhhhh, aaaaahhhhh…..

Y Chirinos hablaba y hablaba, respondía las preguntas con atención, hacía florituras con el verbo, movía las manos, gesticulaba.

– Aaaaaaayyyyyyy….

A la tercera, el doctor detuvo la entrevista.

– Amigo Fernández, espérese un momentico que tengo un paciente esquizofrénico acá en el consultorio. Voy a ver qué le pasa y ya regreso.

Se paró de su silla, corrió la cortina verde y atisbé a ver los pies de una persona acostada en la camilla. Evidentemente estaba atada con correas de fuerza. De espaldas a mí, el doctor abrió la gaveta de un pequeño mueble blanco, sacó un frasquito, miró la etiqueta, hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo agitó un poco.

– Aaaaaaaghhhhh, aaaaaaahhhhhh — seguía el quejido grave del hombre.

Se puso unos guantes de latex. Partió una dosis de agua destilada. Sacó una jeringa nueva de su empaque, extrajo el líquido y lo vació en aquel frasquito. Con la aguja dentro del potecito de medicina  batió fuertemente la inyectadora y luego extrajo todo el contenido. Le dio algunos golpecitos con los dedos a la jeringa, empujó un poco el émbolo hasta que salió un breve chorro y se volteó hasta el paciente. Ahí ya no tuve más ángulo visual porque la cortina me lo impedía, pero sí ángulo auditivo.

– Aaaaaaaaaaaahhhhh, aaaaahhhhhhh… ¡ah!

Aquel grito largo y grave se apagó en un silencio repentino, que llegó con el pinchazo y el “ah”. Oí caer la jeringa en un cubo de metal. Chirinos regresó al escritorio, cerró la cortina por completo, se quitó los guantes y los tiró al cesto de basura.

– … un esquizofrénico que necesita medicación cada cierto tiempo. Como te decía, la política venezolana….

Décadas más tardes sabríamos la otra historia del psiquiatra del comandante presidente. Y si no, que lo diga Ibéyise.

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