syc_puente_nuevo_puerto_escondidoSi existe algún concurso que premie la calle más fea a escala mundial, con seguridad la que está entre las esquinas de Puente Nuevo a Puerto Escondido, en El Silencio, Caracas, debe meterse en la pelea por los primeros puestos.

Todavía recuerdo lo que Alonso Moleiro me dijo una vez sobre ese esperpento urbanístico: “Debe ser la calle con más mochos, borrachos y putas por metro cuadrado en el mundo entero”. Nunca después he dudado de tal densidad.

La calle, en sí no, es fea sino lo siguiente. Por el lado derecho, bajando hacia Puente Nuevo había una cafetería-asador a la que solía ir por las tardes Cristóbal Guerra, Humberto Acosta y la patota de Deportes, en la que también servían parrilla en platicos de cartón, con yuca picada y palillos para pinchar los trozos de carne fileteados a cuchillo sobre una tabla de madera.

Más abajo unas tiendas rarísimas que nunca tenían clientes y un minicentro comercial bastante pueblerino, en el que sólo se podía ir a comprar pilas para el grabador, tirro y alguna que otra vaina. Luego estaba la fuente de soda del portu Álvaro, donde vendían empanadas refritas siete veces y, eso sí, unos jugos poderosos hechos por “el flaco” (nunca supe su nombre).

Seguía la minisede del Banco de Venezuela, casi siempre atestada de gente, sobre todo los viernes. Luego, el portal de El Nacional, un viejo edificio que ya resentía el paso del tiempo; un ascensor servía y el otro no, pero se alternaban en el mal funcionamiento. En el piso de Fotografía prácticamente había un apartamento, con cocina y demás enseres.

Sin embargo, el edificio tenía su encanto. Como para dedicarle un post completo más adelante.

Al lado del periódico, la máxima expresión de esa calle, estaba ¡el cine porno! El Teatro Urdaneta, que funcionó durante 30 años, convertido hoy en Sala Comunitaria.

Era divertido ver los personajes que se metían en esa sala, la actitud vigilante, la velocidad con que lo hacían, la pretendia discreción… puros hombres. Cada cierto tiempo, una “jaula” de la policía metropolitana se paraba en la salida del cine y cuando empezaban a salir de la función los iban montando de una vez, casi sin preguntar. Malandros había ahí a patadas.

Un día, Elmo, no sé si en joda o en serio, al pasar al lado del cine dijo haber visto el cartel de una película recomendada a todos en el periódico: La reportera del sexo.

Para completar el dibujo, al lado del Urdaneta, había un bar de “ficheras” en el que sonaba todo el tiempo música de rockola. En la puerta, por las tardes, se paraban unas tipas mascando chicle, con shorcitos y la camisa amarraba por debajo de los senos. Un bonito espectáculo.

Al finalizar ese lado de la calle, el Hotel “New Puent”. Se ve que cuando lo montaron el dueño sabía muy poco de inglés y se le ocurrió “traducir” a su manera el nombre de la esquina Puente Nuevo.

En la otra acera, desde arriba, un local con unos electrodomésticos viejos, una peluquería, un puesto de venta de revistas con la portada amarilla y otro mínimo donde vendían películas quemadas; también un edificio invadido, un estacionamiento público -siempre lleno-, una lunchería de unos portugueses donde hacían mejor el café, un edificio que en alguna época dorada tenía en planta baja el restaurante “El capitán”, gloria de la alcurnia muy conocida por los ‘nacionaleros’ de raza y pista de aterrizaje de noches bañadas en alcohol después del cierre de edición.

Más allá, otro estacionamiento que se inundaba cada vez que crecía la quebrada Catuche, que pasaba por debajo de todos esos edificios.

La acera terminaba con un muro de ladrillos por donde siempre se metían los recogelatas para acceder a la quebrada y también los choros cuando se querían esfumar.

Porque robos había, en ese espacio loco de 50 metros lineales, casi todos los días. Una vez estaba parado en la puerta de El Nacional el gobernador de Mérida Florencio Porras, esperando que le dieran acceso en la recepción.  Se había quedado justo al nivel de la calle, viendo hacia dentro. Llevaba las manos cruzadas atrás y en una de ella el celular. Pasó un malandrín veloz y se lo arrancó en un santiamén, cruzó la calle y brincó el dichoso muro.

Al menos, supe de una coordinadora, dos diseñadoras, un reportero y un pasante que fueron asaltados al llegar al diario, cuando iban caminando o en sus propios vehículos.

Un día me tocó regresar a aquel “paraíso idílico” por un asunto de la chequera que ameritaba ir a la sede del banco, en Puerto Escondido. Ya Álvaro había vendido su local, el cine lo habían cerrado, en el estacionamiento seguía el mismo muchacho moreno, con su braga azul, que movía los carros, el edificio invadido estaba totalmente ocupado, y el mocho que se ponía a mitad de la calle con un vasito a pedir limosna seguía ahí, esta vez vistiendo una camiseta roja con la estampa del comandante presidente.

Por casualidad, me conseguí en ese momento al genio de la venta de la puta M. Iba a la sede vieja a no-sé-qué-cosa.

– Epa, Antonio. Llegar aquí es como viajar al pasado, ¿no?

Definitivamente.

 

P.D.: Agradezco mucho a los lectores del blog que sigan la cuenta de Twitter asociada a este blog: @siyocontara

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