La chica llora desconsolada ante la “humillación” en público. Me da un poco de vergüenza, pena ajena que decimos en Venezuela. Ha recibido, tal vez como nunca antes, un chaparrón de críticas -ninguna gratuita- por una nota suya publicada en la sección Estrategia y Negocios.

Su verdugo, un metro 65 cm aproximadamente, cabello entrecano, panza prominente, pantalón de vestir y camisa manga corta, fuerte acento castizo y una reputación a cuestas como periodista de raza y maestro de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano.

A Miguel Ángel Bastenier lo invitó El Nacional en 2007, cuando se inició el proceso de rediseño. La gerente editorial de ese entonces, Albor Rodríguez, también se trajo a Jean Francois Fogel, gurú del periodismo de calidad migrado al ámbito digital, autor de varios libros sobre periodismo y también maestro de la FNPI, cuyas recomendaciones como consultor cayeron en un saco roto en Puerto Escondido.

Yo había ido a un curso de Periodismo de Calidad que dictó Fogel en San Juan de Puerto Rico en 2005, de modo que ya conocía al personaje. A Bastenier era primera vez que lo veía aunque leía sus artículos de opinión en el diario El País, donde fue jefe de las páginas de información internacional. En ese momento se desempeñaba como director de la escuela de formación de ese periódico.

– ¿Eres catalán?, le pregunté uno de los días de esa semana que dictó el curso en Caracas, a sabiendas de que el hombre tenía -tiene- cierta reticencia a lo catalán, o mejor dicho, al catalanismo.

– Nací en Barcelona, he vivido en Madrid, respondió seco, casi sin mirarme.

Bastenier venía a “enseñar” técnicas sobre escritura breve pues se suponía que el nuevo modelo del diario tendría historias más cortas. Ya no más aquellas “sábanas”. En realidad tenía razón. Hay cosas que siempre se pueden contar con menos palabras sin perder calidad ni datos.

Lo otro era su estilo. Como “madrileño” pues era muy sincerote. Lo he vivido en carne propia en año y medio en esta ciudad. Son así, dicen las cosas como las piensan. No lo hacen por mala leche, en la mayoría de los casos, sino porque son así por naturaleza. Y nos suena hosco, como si nos regañaran permanentemente.

Aunque siempre hay excepciones, los periodistas, por lo general, solemos ser muy sensibles a las críticas, así sean constructivas. El ego se superpone, hay que admitirlo. Creemos que hemos escrito un gran texto y si alguien nos señala algún detalle o un error inmediatamente nos ponemos a la defensiva o creemos que detrás del señalamiento se esconden otras motivaciones. Siempre.

El asunto me recuerda cuando en 1996 amarizaron en El Universal los consultores españoles para el rediseño de aquel diario. Carlos Croes me llamó a su oficina porque no compartía ni un ápice de las recomendaciones de los asesores y se estaba despidiendo del personal, uno por uno: “A mí estos gallegos no me van a enseñar cómo se hace un periódico”, me dijo indignado.

Bastenier era fiel a su manera. Tomaba un texto, lo leía con ojo crítico y hacía sus comentarios.

– Esto es ilegible, joder. ¿Pero quién ha escrito esto? ¿No os dáis cuenta? Es que no vale como texto periodístico, le sobra 60% de lo que dice, bramaba implacable en las sesiones de El Nacional sosteniendo en su mano la página del diario donde figuraba la noticia que le tocaba analizar.

Odiaba las largas citas entrecomilladas y atribuidas. Prefería -y yo también- las cortas pero llenas de significado y datos, bien contextualizadas. Aborrecía la “redacción administrativa”, aquella que reproduce los nombres nobiliarios y títulos honoríficos, del tipo: “El Ministerio del Poder Popular para la Educación emitió un comunicado oficial en el que…”

– Joder, macho. ¡Vaya redacción! ¡Que somos periodistas, no tenemos que reproducir todos esos títulos! Con decir “el ministerio de Educación difundió un comunicado…” basta.

Un día me tocó turno a mí como jefe de Sucesos. Acababa de suceder la matanza del sector Kennedy, en Caricuao (27/11/2005), donde policías sin identificación en una alcabala abrieron fuego contra un vehículo en el que se desplazaban cuatro jóvenes estudiantes que no detuvo su marcha al pensar que se trataba de un intento de robo.

Llevábamos una nota y una infografía en la que mostrábamos cómo sucedió la masacre.

– Antonio, ¡que esto no puede ser, cojones! Que estás diciendo lo mismo en la noticia que en la infografía, que está muy buena, pero el texto hay que usarlo para otra cosa, para contextualizar, para explicar, para ampliar…

Le chocaba que las reseñas de sucesos se refirieran al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. “La primera cita, bien; pero ya luego usar policía científica”, recomendaba. Y creo que dejó cierta impronta, al menos en El Nacional, porque hasta ese entonces nos referíamos a la policía judicial y desde ese momento comenzamos a referirnos a la policía científica.

Con sus duras observaciones, Bastenier no ganó muchas simpatías. Al contrario, aunque muchas veces tenía razón en lo que decía, a los periodistas no nos gustaba nada que nos mostraran las cagadas.

Al final, como todo en Venezuela que termina en el vacilón y la broma, hubo quien lo bautizó “Plastemier”. Y así quedó.

One thought on “Una asesoría castiza

  1. Recuerdo clarito la época de “plastermier” y aunque nunca me gustó su forma de corregir, las correcciones siempre las consideré acertadas. De igual manera Barternier fue, es y seguirá siendo un “plastermier”.

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