No tengo esa sensibilidad, no soy perceptivo con eso. Sí me entra un sustico, claro. Pero no he visto ninguna aparición en mi vida. Otros sí.

En Puerto Escondido había unas leyendas de “cosas extrañas”. Que si una vez un gato negro cayó del cielo raso sobre el escritorio de la editora del Cuerpo C, una santera a la que todos guardaban respeto. Que si de vez en cuando alguien veía “un celaje” por el piso 3 a ciertas horas de la tarde, por los lados de la oficina de Recursos Humanos.

Al equipo de la edición aniversaria de 2004 le tocó trabajar en la que había sido la oficina del famoso periodista de los 70 Abelardo Raidi. Aunque todos bromeaban con el asunto, nadie dio noticias sobre una presencia rara, a pesar de que ciertos bromistas aseguraban que el hombre se dejaba ver algunas veces.

Cierto día una reportera de Ediciones Especiales, que al parecer sí tiene esa sensibilidad, se quedó paralizada mientras escribía.

– ¡Está ahí!, decía espantada.

– ¿Quién?, le preguntaba la compañera de al lado.

– Ese señor. Tiene un sombrero marrón. Miraba hacia la redacción, respondía pálida la mujer.

Más adelante la chica dijo haber visto de nuevo al supuesto fantasma en otro lugar de la sala de redacción.

Cuando nos mudamos a Los Ruices se acabaron esos cuentos. Un edificio nuevo, moderno, muebles ergonómicos (aunque mi silla tenía un tumbao), iluminación, etc., etc.

En el espacio donde funcionó el puntocom desde 2008 hasta 2010, no había tampoco mucho tema. Al contrario, los cuentos eran más terrenales. Una filtración en el techo del despacho de la jefa de marketing digital y cosas similares.

Pero un día, una de las diseñadoras salió disparada de su asiento por la tarde.

– ¿Qué te pasa? ¿Por qué esa cara de susto?

– Es que la computadora de Pablo (nombre ficticio) se activa sola. ¡Él no está! Se abre la unidad de disco y se cierra. Chaaaauuuu, me dijo casi sin despedirse.

Al día siguiente le pregunté a “Pablo” qué pasaba con su mac, pero no me supo dar respuesta. “Debe ser el fantasma del puntocom”, bromeó.

En una guardia de un sábado tranquilo, a media tarde mientras esperaba al reportero del siguiente turno, estaba yo tecleando alguna nota, revisando algún contenido y de pronto escuché el asunto: “chiiiiik — cheeeek”.

Me acerqué (medio cagao), miré por encima del tabique al módulo de diseño, y sí, la unidad de disco estaba abierta. “Debe ser una pendejada técnica”, me dije para calmarme. Cuando me acerqué a intentar cerrarlo, la cosa se cerró sola. ¡Ay mamá!

Llamé al técnico de Informática. Vino a la oficina, jurungó unos cables, ejecutó unos comandos,  verificó no sé qué asunto y aseguró que todo estaba arreglado.

A los pocos minutos llegó la chica que entraba al siguiente turno de guardia. Le dí las indicaciones, lo que estaba pendientes, en fin, hicimos las coordinaciones de rigor. Agarré mi sueter (en el puntocom nos ponía el aire a temperatura de congelación), mi bolso y cuando ya estaba por cruzar la puerta, volvió a sonar: “chiiiiik — cheeeekkk”.

“¡Al menos es un fantasma digital!”, pensé.

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