28 de septiembre de 1993. Un tráfico, para la época, inusual por la mañana en toda la ciudad. No sé qué pasa. Llego a la redacción con retraso.

Pedro Llorens, jefe de Información, me avisa sobre un grave suceso en la autopista regional del centro a la altura de Tejerías. Una explosión de un gasoducto incendió a varios automóviles, entre ellos un colectivo lleno de pasajeros que se dirigía a Caracas. Hay muchos muertos y heridos. Se desconoce el motivo del estallido.

El corte del tráfico en la autopista, en ambos sentidos, provoca enromes colas que se multiplican en la capital.

Llorens me dice que me vaya preparando para ir al sitio con un fotógrafo porque el reportero de Sucesos, Wilmer Poleo, a quien correspondería la pauta, no ha podido llegar desde su casa en las afueras de Caracas.

Igual, damos un tiempo a ver si el hombre llega, pero nada. Está atrapado en la infernal cola de automóviles.

Yo había ido a cubrir mi pauta de siempre en el Concejo Municipal, la Alcaldía de Libertador, la Gobernación. Vestía unos pantalones oscuros, camisa manga larga, un paltó y zapatos cómodos, semiformales negros, de trenzas y con suela de goma.

Tomé un par de libretas, chequeé mi grabadora y le dije a Pedro que sí, que iba. Cohen alistó su equipo fotográfico y salimos rumbo al sitio del desastre. Al volante, Bola e’ Nieve.

Subimos por Tazón circulando por el carril contrario, habilitado por un dispositivo de la Guardia Nacional para ambulancias, patrullas y la prensa. Después del peaje volvimos al canal rumbo a occidente. En 45 minutos a toda velocidad, detrás de las ambulancias, llegamos al sitio.

Todo estaba acordonado, precintado, lleno de guardias nacionales nerviosos y paramédicos y bomberos urgidos. Olía a chamusquina y la vegetación a ambos lados de la vía estaba totalmente quemada en doscientos metros a la redonda; todavía algunos árboles ardían.

El asfalto hervía, estaba vivo como si lo hubiesen recién puesto y desprendía columnas de humo.

Los cadáveres -58- habían sido retirados y los heridos -70- enviados a hospitales en La Victoria, Maracay, Valencia y Caracas.

Sobre la vía todavía lucía un armazón de camioneta totalmente destrozado, un amasijo de metales retorcidos que mostraba la cruda dimensión de la catástrofe.

Un funcionario accedió a que pudiésemos acercarnos más para ver el asunto y tomar fotos. En el camino nos cuenta que un taladro de una obra al borde de la carretera rompió el gasoducto.

Cohen comenzó su trabajo por su cuenta y yo iba con un grupo de reporteros y bomberos. El calor era sofocante. Cruzamos el epicentro de aquel infierno con un sabor amargo en la boca. Algunos testigos de un parador cercano dijeron haber visto cuerpos volando con el impacto de la explosión.

Al regresar de unos matorrales salió un niño herido, como una aparición, que movilizó a dos camilleros. El chico, como de unos nueve o diez años, aparentemente estaba bien aunque su cara decía otra cosa. No lloraba pero parecía que contenía el dolor. Cuando lo voltearon para examinarlo tenía la espalda totalmente quemada.

Decidimos ir a los hospitales más cercanos a entrevistar a las víctimas. Subimos al automóvil y vamos rumbo a Maracay. Cuando me voy a bajar, no puedo mover los pies. ¡Las suelas de los zapatos se había derretido con el asfalto caliente y se habían pegado de la alfombra del carro!

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