– ¿Que me vaya a dirigir el puntocom? ¿yo?

Ráfagas de pensamientos me sobrevenían en un segundo con todas las preguntas posibles aquella mañana en la oficina de MHO, en Puerto Escondido: ¿es un castigo por desacatar la línea editorial en Sucesos? ¿o por el contrario, un ascenso? ¿o una manera diplomática de sacarme sin sacarme?

– Sí, y lo que quiero es que abanderes el proyecto y comiences a usar el puntocon para dar exclusivas, no importa si luego las publicamos en el impreso– respondió cordialmente, sin el menor asomo de rabia o reproche por lo de la fulana Milagros De Armas, tema que ni salió en la conversación.

– Coño, es que yo ni sé subir una piche foto a la web…

– La técnica es lo de menos, lo que quiero es alguien con visión y criterio.

– ¿Y ahí no hay gente, pues?

– Si, pero ando buscando un gerente editorial, un cargo similar al del impreso pero para la web. Esto es el futuro. El impreso dejará de existir algún día, más pronto que tarde. Estarás en la avanzada porque todos finalmente estaremos en la web. Nada, piénsatelo y me avisas.

Regresé a mi puesto y el negro Edgar me esperaba; prefirió quedarse a saber el desenlace antes de irse a cubrir su pauta. Hacía media hora me había visto salir directo a la dirección del periódico y pensó que ya solo vendría a despedirme.

– No, negro, no me botaron, me ofrecieron ser el jefe del puntocom.

Me abrazó y me dijo que “pa’lante” aunque sospechaba en principio que era una treta para retirarme cordialmente de la responsabilidad de las páginas.

El puntocom funcionaba en una oficina amplia del piso 4. Por lo general había un pensamiento generalizado en la redacción del impreso de que “esos son unos chamos medio frikies que escriben sobre unas vainas raras”.

Ningunas vainas raras. Escribían las mismas noticias que el impreso con ocho horas de antelación, pero nadie, ni yo mismo, les hacía caso. Se entraba en el puntocom para revisar la edición impresa en pdf.

Con cierta arrogancia, el impreso pensaba que el puntocom no era El Nacional, y a contrapelo, el puntocom pensaba que la página no era de El Nacional sino de ellos. Había muy poco contacto entre ambas redacciones.

Era mi impresión general. Luego comprobé que el esquema se repetía en los otros medios.

La web la integraba un equipo pequeño, una cofradía de unos seis periodistas -subpagados con relación al impreso- que tenían algunos años trabajando juntos y a su aire, con poca o casi nula dirección editorial aunque con bastante iniciativa y entusiasmo.

Un día subí a aquella oficina haciéndome el pendejo, sin todavía haber aceptado el cargo, a ver cómo era ese mundo. Había ido unas cuantas veces antes, pocas, pero no con la variable que tenía por delante. Sentía que pisaba un ghetto cerrado, que había traspasado una dimensión desconocida donde los años de reportero y de jefe se diluían en la profundidad de la web.

Me saludaban con respeto, algunos con cariño y cierta complicidad. El rumor de que me iba a dirigir el puntocom ya estaba regado.

Finalmente acepté el cargo. Me ofrecieron otro puesto de responsabilidad en la redacción del impreso, lo cual descartaba por completo aquella hipótesis del castigo o algo similar.

El puntocom estaba en pleno proceso de rediseño. Me lanzaron directo a unas reuniones con ingenieros y especialistas que se hacían en la Cuadra Creativa de la Universidad Metropolitana.

En la primera reunión casi fui visto como un especie en extinción, un bicho raro abducido por el mundo digital al que había que domesticar.

En unos minutos de ese encuentro, mudo en mi asiento, comencé a escuchar términos como HTML, overmouse, performance, menú de navegación, layout, RSS, CSS, query, código, cluster, SEO, bytes, administrador de contenidos, multimedia, tráfico, visitantes, yo que hasta hacía pocos días atrás lo que oía era malandro, asesinato, homicidio, policías, investigación, móvil pasional, enfrentamiento, víctima, secuestro, robo, hurto, disparos, arma de fuego, etc., etc.

Salí de ahí a comprar un diccionario de internet, que aún conservo, para entender aquella madeja de términos. Algunos me ayudaron pero al ser yo una suerte de invasor, poco margen de maniobra tuve al inicio. La verdad fue bastante complejo manejar todo eso: un resideño, aprender las herramientas, unos reporteros con una dinámica muy propia y muy particular, una dirección que está esperando resultados más rápido que tarde.

Me tocó reorganizar el equipo, el más difícil con el que haya podido trabajar; más que Política (12 periodistas), más que Sucesos (tres periodistas), más que los corresponsales (diez periodistas). Aprendí más de los muchos errores que de los pocos aciertos. Y cabo de tres años fui yo el que comenzó notar que la redacción del impreso estaba muy lejos y pronto todos terminarían, igual que yo, abducidos por el mundo digital.

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