Habían pasado algunas semanas de aquel golpe del teniente coronel, el 4F. La agencia de noticias española EFE reforzó su cobertura en el Venezuela y envió un reportero. Lo llamaré Juanjo.

Juanjo, un ejemplar ibérico de pies a cabeza, 1,70 de estatura, tez blanca invierno, cabello negro, acento vasco profundo, un “tío” simpático y buenagente, aterrizó en una Caracas que apenas salía del asombro de aquella resaca de tanques y balas con que pretendía reescribirse un capítulo infausto del golpismo del que muchos pensaron, ya el país había expiado suficientes culpas.

En los mentideros de la política, en los medios de comunicación, en panaderías y puertas de edificios crecían como hongos leyendas y mitos sobre los golpistas, versiones de gorilismo ramplón, tesis de magnicidios y ejecuciones sumarias en un estadio. La épica de aquel comandante de paracaidista plantaba sus primeras piedras en un sector sensible de la población cansado de la corrupción, la ineficiencia, las groseras estampas de la opulencia y la arrogancia política y económica, y sobre todo, del olvido.

Así llegó Juanjo a Caracas. Algo perdido pero con mucha ilusión. Con algunas pocas líneas aprendidas de historia del país, algún relato aproximado de una nación en crisis y sin saber de la ciudad más allá de la imponente presencia de una montaña, un clima envidiable y un irresoluto caos urbano.

Casi pisando la ciudad le pautaron ir al Palacio de Miraflores y traer alguna noticia. Desde San Antonio de los Altos, donde se alojaba, bajó ese día hasta Plaza Venezuela. Ahí decidió tomar un colectivo hasta la sede del gobierno. Pidió en la calle algún consejo sobre cómo llegar al sitio y alguien le recomendó que preguntara al chofer del carrito por puesto si pasaba por el centro.

Y así lo hizo. Paró una camionetica y preguntó:

– Oiga, buenas, ¿va al centro?

– Silencio, respondió el conductor.

Juanjo se quedó de una piedra. No sabía qué hacer. No se subió mientras veía que otros subían.

Esperó que llegara otro carrito y volvió a preguntar:

– Señor, ¿va al centro?

– Silencio.

Tampoco se subió. Contrariado, sin saber qué hacer, el reportero se echó a caminar desde ahí hasta el centro para llegar al palacio de gobierno a cumplir su pauta.

El pobre Juanjo se había hecho una película en la cabeza: pensaba que se había un toque de queda o algo parecido y que si uno preguntaba a cualquier por el centro, donde queda el palacio de Miraflores, lo mandaban a callar inmediatamente. Solo después supo que El Silencio es una urbanización céntrica de Caracas.

3 thoughts on “¿Centro? ¡Silencio!

  1. Me recuerda al corresponsal argentino que todavía hoy 20 años después se muere de la risa contando el shock que recibió, en esa misma semana, cuando le sugirieron que “cogiera” una camionetica o esperara a que “le dieran la cola”

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