Muchas veces como reportero de política exterior me tocó ir al palacio de Miraflores. La diplomacia en Venezuela es un asunto más del Presidente que del canciller. La fuente Presidencia en realidad la cubría un veterano de veteranos, Jesús Lossada Rondón (QEPD), que a diario publicaba su columna ‘Miraflores a la vista’ con las informaciones más resaltantes del gobierno y datos sueltos.

Debido a sus contactos con el gobierno (con todos, adecos y copeyanos) tenía hasta una oficina en el edificio anexo, donde funcionaba todo el departamento de comunicación. Era un cubículo modesto, como de 2 x 2 metros, con un estante, un escritorio, una máquina de escribir y una silla. Él era alto y gordo, diabético, siempre iba en traje y sandalias.

Todos los ministros, presidentes, expresidentes, diputados lo conocían. Por las tardes hacía un rollo con todo escrito a máquina que enviaba con un motorizado a la sede de El Universal, donde una transcriptora vaciaba la información. Alguna vez me tocó suplirlo en sus vacaciones.

Escribía con los dedos índice y medio de ambas manos, con la puerta abierta y el tecleo retumbaba por todo el pasillo del piso 2. Poco después de su fallecimiento, reformaron todo aquel piso y su cubículo fue eliminado; pero la sala de prensa del Palacio, en planta baja, delante de la Casa de Misia Jacinta, llevó su nombre (no sé si en el chavismo se conserva, nunca más entré al palacio).

Un día después de hacer mi ronda por la Casa Amarilla y la Torre del MRE llegué hasta el palacio. Subí al piso 2 para hablar con Patricia R. y Sandra B., jefa de prensa y fotografía de Miraflores, respectivamente. En un momento recordamos al gordo Lossada y me echaron este cuento.

Había pasado algunos meses de su muerte, el piso estaba remodelado, su oficina ya no existía. Eran como las seis de la tarde de un día cualquiera, con poca gente a esa hora. Ambas estaban en la oficina de Patricia, que quedaba a pocos metros de aquel desaparecido cubículo de Lossada. Hubo un silencio y de repente las dos se miraron frente a frente:

– ¿Tú estás escuchando lo que yo estoy escuchando?, preguntó incrédula Sandra.

– ¡Sí, lo oigo clarito!, respondió Patricia abriendo los ojos.

En menos de dos minutos habían recogido sus cosas y salieron corriendo despavoridas de la oficina y del palacio. Todavía están corriendo. ¡El tecleo de la máquina de Lossada sonaba rabioso por todo el piso!

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